¿Existe el tiempo?
>> domingo 19 de julio de 2009
Imaginemos por unos instantes un futuro no muy lejano. Estamos sentados a la mesa de nuestro comedor-cocina donde hemos disfrutado de una agradable cena familiar. Alguien da la orden de recoger el caos de restos de comida, platos, vasos, cubiertos… y automáticamente la cinta que forma la superficie de la mesa comienza en silencio a desplazarlo todo hacia una especie de compuerta situada en un extremo de la misma. La mesa queda impecablemente despajada y limpia. Inadvertidamente todo aquello que traspasó la compuerta será procesado: separado, reciclado, lavado, colocado.
El abuelo de esta cena familiar probablemente piense en cómo la tecnología avanza implacable a lo largo de los años y no obstante su reticencia ante tanta innovación ha de admitir que, a pesar de todo, los progresos tecnológicos son de gran ayuda para la humanidad.
Nuestro anciano protagonista queda maravillado al contemplar el proceso de recogida automática de la cinta de la mesa. Piensa que cinta y mesa forman una extraña simbiosis fruto de la capacidad creativa de una época que parecía haber perdido contacto con sus orígenes. Sin embargo el abuelo es capaz de advertir que esa falta de conexión es sólo aparente, una ilusión engendrada por uno de los conceptos más inescrutables del universo: el tiempo. Al parecer, paradójicamente, sólo alguien que ha vivido el suficiente tiempo es capaz de observar con mayor claridad su naturaleza ilusoria.
Para el nieto de cinco años, también presente en esta cena familiar, y para cualquier niño en tan temprana edad, la mesa domótica del comedor-cocina es lo más normal del mundo. En este joven punto de su línea temporal, en este lento amanecer de su vida, la realidad está formada por todo aquello que es capaz de percibir con sus limitados sentidos en el momento presente. Descubrirá que los conceptos de antes y después no se limitan a situaciones cotidianas: antes y después de comer, antes y después de jugar… Aprenderá que hubo un antes y habrá un después mucho más amplio que las cosas que le ocurren cada día. Con el tiempo irá comprendiendo que una mesa, para su gran sorpresa, no siempre fue así. Probablemente le parecerá inverosímil que fuera de otra manera; pensará que las mesas de ahora son mucho mejores que las de antes; las cosas modernas muy superiores a las antiguas. Y poco a poco la percepción del tiempo se convertirá en parte de su ser, tan real como cualquier otra cosa, olvidando por completo que al principio no era así.
Aquellos teóricos extremos que afirman que el concepto del tiempo es algo aprendido y completamente irreal no están del todo en lo cierto. Durante la vida aprendemos a incorporar la idea del tiempo en nuestra mente. Pero esto no implica que el tiempo no exista. Que el tiempo sea ilusorio no significa que sea irreal. El tiempo pasa más rápido o más lento, pero eso depende del que lo percibe. Las máquinas que “miden” el tiempo, los relojes, lo dividen en intervalos ordenados y la precisión de esos intervalos ha llegado casi al límite de lo físicamente posible: la exactitud atómica. Los relojes más precisos del mundo tardan 52 millones de años para desfasarse de un segundo y pronto tendremos una precisión de 32.000 millones de años. Aún así Einstein consiguió demostrar en la práctica que el tiempo iba más despacio cuanto más rápido nos desplazábamos. A primera vista algo absurdo y casi ridículo, si no fuera porque consiguió demostrarlo en la realidad. Pero basarse en esto para llegar a afirmar que el carácter relativo del tiempo es debido a que no existe es como concluir que los pensamientos por su naturaleza intangible no existen. Es la cómoda postura del escepticismo a ultranza que niega cualquier cosa que no es tangible, medible, aplicando el método científico. En vez de reconocer humildemente que nuestras técnicas de medición tienen limitaciones que sólo con el tiempo posiblemente serán superadas o al menos mejoradas.
¿En qué lugar deja esta reflexión la afirmación contenida en el capítulo 7 de nuestro libro El círculo de energía? Veamos el texto:
“ (…) el tiempo no existe; no es nada; no tiene espacio; no tiene lugar; es algo inamovible e inmutable. Es lo que pasa dentro de él lo que se mueve, no el tiempo en sí mismo.”
Antes de seguir leyendo puedes hacer un pequeño experimento (si quieres): lee el texto citado arriba de un tirón anotando en un papel, con el menor número de palabras posibles, una frase que resuma lo que piensas que afirma el texto. Hazlo ahora. Deja de leer por un momento este artículo y ten a mano papel y bolígrafo para ejecutar el experimento (también lo puedes hacer en una hoja de texto en tu ordenador). Cuando tengas anotada la frase puedes seguir leyendo (el experimento es completamente voluntario evidentemente, pero si se hace será más interesante y tal vez se comprenda todo esto mejor).
Bien. Los que hayan decidido realizar el experimento tendrán ahora una anotación que resume en pocas palabras lo que en su opinión afirma el texto en cuestión.
La frase comienza negando la existencia del tiempo. Es curioso observar cómo la mente hace suya esta afirmación con tanta facilidad y en cambio apenas le presta atención al resto del enunciado. Lo más probable es que hayas concluido que la frase afirma que el tiempo no existe. Sin embargo no es tan sencillo como parece. Si seguimos leyendo prestando atención a lo que pone a partir de “… es algo inamovible…”, comprenderemos que aquí se está diciendo otra cosa. Vamos a desmenuzarlo.
“El tiempo es algo inamovible e inmutable”. Está diciendo que el tiempo es inmóvil e inalterable. Si es así es que existe.
“Lo que pasa dentro del tiempo se mueve, pero el tiempo en sí mismo no se mueve”. De nuevo está describiendo características de cómo es el tiempo, asumiendo que existe.
¿Qué lógica tiene pues la frase completa si lo que afirma en primer lugar contradice lo que declara a continuación? El texto sería lógico si no hubiera contradicción. ¿Qué hace generalmente nuestra mente cuando encuentra una contradicción? Se paraliza porque no logra comprender. Para evitar esto la mente recurre a complejos mecanismos de defensa que forman parte de nuestro sistema de supervivencia más elemental. El resultado final es que nuestra mente toma el camino más fácil para evitar la contradicción. Por eso la mayoría entiende que el texto está diciendo simplemente que el tiempo no existe. Nuestra mente se queda con la parte de la frase que le parece menos contradictoria. En conclusión nos quedamos con un concepto limitado por nuestra propia mente y que creemos haber comprendido.
Llegados a este punto muchos se preguntarán: entonces ¿qué significa la frase, qué está diciendo? Responderé con un koan:
“Golpeando las manos una contra otra se produce un sonido. Este es el sonido de las dos manos. ¿Cuál es el sonido de una sola mano?” (Maestro zen Hakuin Ekaku, 1686-1769)
El abuelo de esta cena familiar probablemente piense en cómo la tecnología avanza implacable a lo largo de los años y no obstante su reticencia ante tanta innovación ha de admitir que, a pesar de todo, los progresos tecnológicos son de gran ayuda para la humanidad.
Nuestro anciano protagonista queda maravillado al contemplar el proceso de recogida automática de la cinta de la mesa. Piensa que cinta y mesa forman una extraña simbiosis fruto de la capacidad creativa de una época que parecía haber perdido contacto con sus orígenes. Sin embargo el abuelo es capaz de advertir que esa falta de conexión es sólo aparente, una ilusión engendrada por uno de los conceptos más inescrutables del universo: el tiempo. Al parecer, paradójicamente, sólo alguien que ha vivido el suficiente tiempo es capaz de observar con mayor claridad su naturaleza ilusoria.
Para el nieto de cinco años, también presente en esta cena familiar, y para cualquier niño en tan temprana edad, la mesa domótica del comedor-cocina es lo más normal del mundo. En este joven punto de su línea temporal, en este lento amanecer de su vida, la realidad está formada por todo aquello que es capaz de percibir con sus limitados sentidos en el momento presente. Descubrirá que los conceptos de antes y después no se limitan a situaciones cotidianas: antes y después de comer, antes y después de jugar… Aprenderá que hubo un antes y habrá un después mucho más amplio que las cosas que le ocurren cada día. Con el tiempo irá comprendiendo que una mesa, para su gran sorpresa, no siempre fue así. Probablemente le parecerá inverosímil que fuera de otra manera; pensará que las mesas de ahora son mucho mejores que las de antes; las cosas modernas muy superiores a las antiguas. Y poco a poco la percepción del tiempo se convertirá en parte de su ser, tan real como cualquier otra cosa, olvidando por completo que al principio no era así.
Aquellos teóricos extremos que afirman que el concepto del tiempo es algo aprendido y completamente irreal no están del todo en lo cierto. Durante la vida aprendemos a incorporar la idea del tiempo en nuestra mente. Pero esto no implica que el tiempo no exista. Que el tiempo sea ilusorio no significa que sea irreal. El tiempo pasa más rápido o más lento, pero eso depende del que lo percibe. Las máquinas que “miden” el tiempo, los relojes, lo dividen en intervalos ordenados y la precisión de esos intervalos ha llegado casi al límite de lo físicamente posible: la exactitud atómica. Los relojes más precisos del mundo tardan 52 millones de años para desfasarse de un segundo y pronto tendremos una precisión de 32.000 millones de años. Aún así Einstein consiguió demostrar en la práctica que el tiempo iba más despacio cuanto más rápido nos desplazábamos. A primera vista algo absurdo y casi ridículo, si no fuera porque consiguió demostrarlo en la realidad. Pero basarse en esto para llegar a afirmar que el carácter relativo del tiempo es debido a que no existe es como concluir que los pensamientos por su naturaleza intangible no existen. Es la cómoda postura del escepticismo a ultranza que niega cualquier cosa que no es tangible, medible, aplicando el método científico. En vez de reconocer humildemente que nuestras técnicas de medición tienen limitaciones que sólo con el tiempo posiblemente serán superadas o al menos mejoradas.
¿En qué lugar deja esta reflexión la afirmación contenida en el capítulo 7 de nuestro libro El círculo de energía? Veamos el texto:“ (…) el tiempo no existe; no es nada; no tiene espacio; no tiene lugar; es algo inamovible e inmutable. Es lo que pasa dentro de él lo que se mueve, no el tiempo en sí mismo.”
Antes de seguir leyendo puedes hacer un pequeño experimento (si quieres): lee el texto citado arriba de un tirón anotando en un papel, con el menor número de palabras posibles, una frase que resuma lo que piensas que afirma el texto. Hazlo ahora. Deja de leer por un momento este artículo y ten a mano papel y bolígrafo para ejecutar el experimento (también lo puedes hacer en una hoja de texto en tu ordenador). Cuando tengas anotada la frase puedes seguir leyendo (el experimento es completamente voluntario evidentemente, pero si se hace será más interesante y tal vez se comprenda todo esto mejor).
Bien. Los que hayan decidido realizar el experimento tendrán ahora una anotación que resume en pocas palabras lo que en su opinión afirma el texto en cuestión.
La frase comienza negando la existencia del tiempo. Es curioso observar cómo la mente hace suya esta afirmación con tanta facilidad y en cambio apenas le presta atención al resto del enunciado. Lo más probable es que hayas concluido que la frase afirma que el tiempo no existe. Sin embargo no es tan sencillo como parece. Si seguimos leyendo prestando atención a lo que pone a partir de “… es algo inamovible…”, comprenderemos que aquí se está diciendo otra cosa. Vamos a desmenuzarlo.
“El tiempo es algo inamovible e inmutable”. Está diciendo que el tiempo es inmóvil e inalterable. Si es así es que existe.
“Lo que pasa dentro del tiempo se mueve, pero el tiempo en sí mismo no se mueve”. De nuevo está describiendo características de cómo es el tiempo, asumiendo que existe.
¿Qué lógica tiene pues la frase completa si lo que afirma en primer lugar contradice lo que declara a continuación? El texto sería lógico si no hubiera contradicción. ¿Qué hace generalmente nuestra mente cuando encuentra una contradicción? Se paraliza porque no logra comprender. Para evitar esto la mente recurre a complejos mecanismos de defensa que forman parte de nuestro sistema de supervivencia más elemental. El resultado final es que nuestra mente toma el camino más fácil para evitar la contradicción. Por eso la mayoría entiende que el texto está diciendo simplemente que el tiempo no existe. Nuestra mente se queda con la parte de la frase que le parece menos contradictoria. En conclusión nos quedamos con un concepto limitado por nuestra propia mente y que creemos haber comprendido.
Llegados a este punto muchos se preguntarán: entonces ¿qué significa la frase, qué está diciendo? Responderé con un koan:
“Golpeando las manos una contra otra se produce un sonido. Este es el sonido de las dos manos. ¿Cuál es el sonido de una sola mano?” (Maestro zen Hakuin Ekaku, 1686-1769)







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